Solías decirme que echáramos una carrera desde la palmera que daba entrada a nuestra calle hasta la puerta de casa.
Salíamos a correr y siempre ganabas. Yo, por aquellos entonces recuerdo que pensaba: ¿Cómo puede ganar siempre si soy más joven que él? O cuando me llevabas de tu mano al antiguo campo de fútbol de arena en la playa a ver los partidos (a mi no me interesaban, lo que me gustaba más era estar a tu lado).
Me acuerdo de la primera equipación de fútbol que me regalaste, hasta las botas negras con rayas blancas; ¡Era la equipación del Barcelona! Eran los colores que siempre han ido conmigo a lo largo de todo este tiempo. Era un niño que se empapaba de toda tu sabiduría, de todos tus conocimientos.
Siempre has sido y serás mi mejor maestro.
Me enseñaste a trabajar a muy temprana edad y haciéndome crecer como persona, haciéndome ver la vida con tus ojos y sabiendo manejarla con tus manos trabajadas desde los doce años de edad. (En estos tiempos sería un delito que un niño con esa edad trabajara como tú lo hiciste, y aún más con la edad que tienes hoy, no hayas parado, sigues trabajando, eso dice mucho de ti. Bueno si, un año si que paraste, te quedaste parado después de mucho tiempo, me acuerdo perfectamente: Nos cogiste a mi hermana y a mí y nos dijiste que las cosas estaban muy mal y que no podíamos tener reyes, que lo máximo era que nos dabas 1000 pesetas de las antiguas para que nos compráramos lo que quisiéramos en una tienda. Por aquellos momentos yo no tenía la percepción de lo que era para ti perder esas 2000 pesetas, más cuando el dinero que entraba en casa era casi nulo.
Con estas palabras quiero decirte que siempre te quise, y te quiero aunque no te lo haya dicho nunca, que los abrazos que tan pocas veces nos hemos dado te los doy día a día, y que el respeto que siempre te he tenido hacia tu persona seguirá siempre latente.
Por todo esto y por más solamente me queda decirte: “Si existe un Dios, no está en el cielo, está aquí y eres tú, mi Padre”.
TE QUIERO.