Hace poco tuve un sueño, y en el momento de despertarme, corriendo cogí un bolígrafo y un folio y escribí lo que soñé, bueno, mas bien escribí de lo que me acordaba, espero os guste… Lo voy a llamar...
LUCERO
Aquella madrugada yacía yo en el suelo del balcón de mi casa. El rocío caía sobre mi cuerpo como cuchillos afilados cortando carne fresca. El silencio se rompía únicamente por el canto de los grillos, esos animalitos a los que únicamente escuchamos y nunca vemos.
Cerré los ojos lentamente y aún ya cerrados, seguía viendo las estrellas y la Luna.
Allí permanecía ella, quieta y sigilosa, rodeada por una pequeña bruma gris y delicada que la envolvía casi en su totalidad y la hacía aún más preciosa de lo que es.
Alguna vez todo el mundo ha querido tocar la Luna con las yemas de sus dedos o llegar hacia esa estrella tan brillante que sobresale de las demás. Ese Lucero, que bañado con su luz “tintineante”, te habla callado y vive en las noches con más vigor que ninguna de sus compañeras.
Ya con los ojos cerrados, alguien me dijo en voz baja que los volviera a abrir, pero que si los abría, nunca volvería a ver la Luna, ni a ese Lucero que todas las noches me hablaba en silencio.
En tal dilema me vi que no sabía lo que hacer, pues si los abría los podría perder para siempre, y si los continuaba cerrando, seguiría viéndolos de por siempre.
Después de un largo rato, por el cansancio, mis ojos deseaban abrirse, pero mi corazón pedía a gritos no abrirlos. Y los abrí sin pensar demasiado lo que podría pasar.
Desperté, la Luna y el Lucero desaparecieron para mi desgracia…
De noche volví al balcón, donde la madrugada anterior yacía yo tumbado en el suelo del balcón de mi casa, y para mi sorpresa, Luna y Lucero los volví a ver, y aún con más viveza y brillo….
LUCERO
Aquella madrugada yacía yo en el suelo del balcón de mi casa. El rocío caía sobre mi cuerpo como cuchillos afilados cortando carne fresca. El silencio se rompía únicamente por el canto de los grillos, esos animalitos a los que únicamente escuchamos y nunca vemos.
Cerré los ojos lentamente y aún ya cerrados, seguía viendo las estrellas y la Luna.
Allí permanecía ella, quieta y sigilosa, rodeada por una pequeña bruma gris y delicada que la envolvía casi en su totalidad y la hacía aún más preciosa de lo que es.
Alguna vez todo el mundo ha querido tocar la Luna con las yemas de sus dedos o llegar hacia esa estrella tan brillante que sobresale de las demás. Ese Lucero, que bañado con su luz “tintineante”, te habla callado y vive en las noches con más vigor que ninguna de sus compañeras.
Ya con los ojos cerrados, alguien me dijo en voz baja que los volviera a abrir, pero que si los abría, nunca volvería a ver la Luna, ni a ese Lucero que todas las noches me hablaba en silencio.
En tal dilema me vi que no sabía lo que hacer, pues si los abría los podría perder para siempre, y si los continuaba cerrando, seguiría viéndolos de por siempre.
Después de un largo rato, por el cansancio, mis ojos deseaban abrirse, pero mi corazón pedía a gritos no abrirlos. Y los abrí sin pensar demasiado lo que podría pasar.
Desperté, la Luna y el Lucero desaparecieron para mi desgracia…
De noche volví al balcón, donde la madrugada anterior yacía yo tumbado en el suelo del balcón de mi casa, y para mi sorpresa, Luna y Lucero los volví a ver, y aún con más viveza y brillo….
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